martes, 18 de junio de 2013

Pueblos ¿mágicos? o pueblos turísticos...

Con mucha frecuencia en los últimos año se ha venido ampliando la forma de obtener recursos de diversos programas estatales, federales e incluso internacionales por parte de los ayuntamientos, sobre todo la obtención de recursos económicos para sus municipios. Hay una gran cantidad de formas de lograrlos y una de las más socorridas últimamente es aquella por medio de la cual un poblado es "declarado" como pueblo mágico. No voy a abundar sobre el programa llamado Pueblos Mágicos (creado por la Secretaría de Turismo federal), cualquiera puede consultar su contenido eminentemente abocado a la promoción turística en la página oficial (http://www.sectur.gob.mx/wb2/sectur/sect_Pueblos_Magicos), así que me atengo solamente a lo que significa esa realidad y los efectos de rebote que ha tenido este programa a la sombra del desarrollismo en nuestro país.

Desarrollismo. Sí, justo debido a ese concepto que en México significa la afanosa búsqueda de desarrollarse sin un plan definido y sin metas claras, sin una bitácora de lo que se pretende alcanzar y sin un concepto histórico y social con bases sólidas. El desarrollismo es el que ha propiciado, por ejemplo, el abandono de la agricultura en favor de otras metas poco tácticas que a la vuelta de pocos años se revierten y el campo ya para entonces está destrozado. La apuesta por el desarrollo urbano a costa de sacrificar áreas naturales que luego se suman al desastre natural de la propia ciudad; hay muchos casos, muchos ejemplos de acciones que se emprenden y al final acaban revirtiéndose y abandonándose con grandes sacrificios sociales las más de las veces irreparables. En pocas palabras, el proceso del subdesarrollo tal como lo definía el mismo Che Guevara.

Ningún control del abuso al patrimonio urbano

Así pues, los ayuntamientos del país han descubierto una veta interesante que el hecho de ser nombrados "pueblos mágicos" les permite echar mano de recursos económicos "para su desarrollo". De esa manera, visto el relativo éxito de ciertos pueblos obteniendo recursos, hoy todos los pueblos quieren ser mágicos. Pero he aquí el problema: casi todos los pueblos de México se han dedicado con gran ahínco (pensando en el "desarrollo", y el "progreso"), a destrozar su fisonomía propia y auténtica, a permitir en sus oficinas de urbanismo o de obras públicas todo tipo de atropellos, permisivos hasta el absurdo, negligentes con las normas urbanas, omisos en la aplicación de las leyes del patrimonio urbano, gestores de obras suntuarias ociosas y depredadoras. Basta con mirar a Jalisco, por mencionar un estado, en donde en apenas tres décadas aquellos sitios que aún conservaban cierta armonía en su fisonomía urbana,  en ese lapso se han convertido en poblados cuyo deterioro ha alcanzado niveles de irreversibles consecuencias en su fisonomía. Ejemplos muy claros la cabecera municipal de Zapopan, Tepatitlán, Arandas, Ciudad Guzmán, Tuxpan, Bolaños, Ocotlán, La Barca entre muchísimos más, que con afanes desarrollistas convirtieron las otrora armónicas poblaciones en sitios sin personalidad propia y con caóticos ambientes urbanos, unos quizás más que otros. Casi todos los señalados, y muchos más de los 125 municipios del estado, hoy quieren ser pueblos mágicos para obtener recursos económicos a como dé lugar.
Zapotlán el Grande, ha ido perdiendo su calidad urbana lentamente.

Sin embargo, la tarea es muy difícil, porque no cualquiera puede ser nombrado "pueblo mágico" debido a que a lo largo de estos últimos 30 años o más se han afanado en acabar con lo que de nobleza y carácter urbano podrían haber guardado de no ignorar las leyes y reglamentos que desde hace más tiempo existen en el país. Pero como en México todo es posible, aún aquellas ciudades más depredadoras y más dadas a facilitar que todo el mundo haga lo que se le pegue la gana en el lugar de la ciudad que quiera, buscan ahora ser nominadas a tan pretencioso título. Un ejemplo reciente fue Ciudad Guzmán, o sea, Zapotlán el Grande, pueblo que dio hijos notables e ilustres como José Clemente Orozco, Consuelito Velázquez o Juan José Arreola y que hoy sueña, sólo eso, convertirse en lo que ya no puede ser porque se lo quitaron sus propios hijos: un pueblo mágico. Pero no se crea que busca ser pueblo mágico porque haya un fin noble en ello, sino porque hay que buscar de dónde sacar dinero que por lo regular acaba en altos porcentajes en cuentas particulares de políticos poco transparentes.

En Lagos de Moreno, Jalisco, ni el reglamento ha limitado el caos
Estamos ante la absurda situación de que muchas ciudades buscan tener ese membrete al que poco son merecedoras, luego de dedicarse con ahínco al afeamiento de sus ambientes urbanos. Y sin embargo, continúan con la misma práctica que acaba siendo un asunto de orden esquizofrénico. No puedo dejar de cuestionar el programita federal en lo que a su interés "turismero" se refiere. Lo que importa es tener más pueblos sumados al programa (son cerca de 85 pueblos actualmente clasificados como tales), para promover el "turismo" que es para muchos de quienes lo manejan un concepto muy peculiar que consiste en ofrecer baratijas a los turistas (muchas veces con engañosos escenarios), para promover el desarrollo de la hotelería, los servicios y la captación de inversiones; "el auténtico medio ambiente urbano bien puede irse a la mierda, a nosotros lo que nos interesan son los ingresos y las ganancias del turismo, sea como sea."
Maquillaje con cemento, sin licencia, del ayuntamiento de Guadalajara

Así, el programa Pueblos mágicos, si bien nace de un propósito loable, sus efectos han sido más bien desastrosos ante una política nacional de abandono de las funciones reguladoras del estado y, finalmente, subvertida la importancia de la educación y la guía de los fines, los resultados son más que otra cosa, asunto de maquillaje al estilo Hollywood y en función del turismo, no del beneficio social de mejores ambientes urbanos conservados.

martes, 4 de junio de 2013

Torpezas en Santa Mónica, Guadalajara

 Hace ya algunos años, la aplicación de las Leyes y reglamentos de protección al patrimonio histórico urbano arquitectónico de Jalisco han pasado a formar parte del panteón de los olvidados. Esa, al menos, parece ser la impresión que cualquiera con un poco de información o preocupación social puede pensar de todo el desastre que la administración del panista Emilio González heredó al estado de Jalisco. Y no parece -por lo que se ve-, que las cosas vayan a cambiar mucho ahora, de todos modos.

Cualquiera que sea la situación actual, debo decir que en lo que a patrimonio cultural se refiere (cualquiera que sea el tipo del que se trate), el interés que por éste pueda quedar en un país sojuzgado por el crimen organizado y el azote del desempleo y la baja calidad de la educación y, en general, la inequidad social persistente en uno de los peores momentos de la historia, el tema cultural y del patrimonio resulta ser desdeñado o considerado irrelevante,sobre todo para los políticos y la camarilla que domina las decisiones nacionales y estatales. Si a todo eso le sumamos a funcionarios que se someten o los que venden favores, los vende proyectos o aquellos que actúan como virreyes, a los promotores y sedicentes cuidadores del patrimonio, el cuadro de la desolación es perfecto. Perfecto para cometer tropelías de todo tipo.

Bajo el vano se observa parte de la fachada oculta por el contramuro.
En 2010 y 2011 se llevó a cabo una primera etapa de intervención del templo de Santa Mónica en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Las acciones fueron emprendidas con presupuestos mixtos entre el gobierno del Estado a través de la Secretaría de Cultura, de la asociación civil Adopta una Obra de Arte, y el gobierno federal a través de Conaculta, proyecto que, como es normal, obtuvo licencia del INAH Jalisco. Se trataba de sanear algunos aspectos del inmueble patrimonial que se encontraban rezagados, como suele pasar, respecto al mantenimiento y cuidado de los monumentos que forman parte de un legado cultural valioso. Limpieza y protección de azoteas, limpieza de la piedra dañada, sustitución de algunas partes deformadas o dañadas irreversiblemente por el tiempo, mantenimiento a la torre, protecciones diversas y el trabajo de restauración de piezas decorativas dañadas por la intemperie debida a su larga edad, de una de las iglesias más antiguas conservadas en la ciudad. Según los datos de diversos historiadores y estudios recientes, fue una idea del arzobispo Galindo a fines del siglo XVII, la creación del convento de agustinas recoletas de Santa Mónica en 1700, que debido a su muerte imprevista no pudo realizar. Fue hasta el periodo del obispo Mimbela cuando logró concluirse el proyecto de fundar la iglesia y convento de Santa Mónica (hacia 1730).

Partes de la fachada entes de la liberación de los contramuros
Durante los trabajos serios llevados a cabo en esa primera etapa, se repusieron algunas piezas del muy deteriorado nicho y peana de la escultura de San Cristóbal, cuyo estado de conservación era lamentable. Además se efectuaron trabajos de conservación, restauración y limpieza en otras zonas de la fachada con serios problemas de disgregación de la piedra. En ese lento y meticuloso proceso, la restauradora Carla Jáuregui, logró identificar algunas zonas que acusaban una etapa constructiva posterior a la primera etapa del templo: entre los contrafuertes de la fachada habían sido construidos unos contramuros que, se pudo poner en evidencia gracias a trabajos de sondeos y calas profesionalmente bien practicadas, habían cubierto unas partes de la fachada que en algún momento de la historia del inmueble dejaron de ser visibles al público. No se logró definir la o las razones de tal decisión tomada entre el momento de su construcción y algún otro de la primera mitad siglo XIX. Sin duda, se trató de un gran hallazgo en uno de los templos más relevantes del barroco novohispano. A tal efecto se dejaron abiertas algunas partes de las calas realizadas, mostrando lo que en algún momento futuro (con un buen proyecto y recursos suficientes), podría acometerse con un proyecto serio y ambicioso de liberación de las partes ocultas, si así convenía, equivalente a la dignidad y valor del notable inmueble.

No deja de ser hilarante que cuando se trata de asociaciones con pretensiones, pero escasa sustancia como es el caso de Adopta una Obra de Arte, el influyentismo juega un papel central en la premura o en la toma de decisiones, por lo regular a la ligera, como sus propios títulos auto impuestos. De esa manera se hacen prevalecer sobre la lógica misma decisiones espectaculares y de plano frívolas, que pasan de largo a toda ley o reglamento que en ese momento se convierten, para los transgresores, en asuntos molestos o engorrosos y, gracias a la influencia, prescindibles.

Sin embargo, con desconocimiento y sorpresa de muchos, en 2012 se elaboró un "proyecto" que pretendía continuar aquel viejo proceso de liberación de los contramuros añadidos a la fachada entre los contrafuertes, sugerido apenas por la restauradora Jáuregui. Por supuesto que tratándose de un inmueble federal la obtención de la licencia para esta nueva etapa debía obtenerse de igual forma que la anterior, pero no fue el caso. Se encargó a alguien el proyecto y la ejecución se dejó en manos de una constructora de la Ciudad de México sin experiencia en el tema y ninguna idea de lo que hacían; la oficina dependiente de Conaculta, llamada Dirección Nacional de Obras en Sitios y Monumentos dirigida por el arquitecto Raúl Delgado Lamas, gestionó los recursos, celebró un concurso (o no lo hizo, eso no sabemos), y asignó la obra; gracias a las prisas de fin de sexenio (no sabemos si compromisos del hoy ex presidente), llevó el proyecto a toda prisa a la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos del INAH, actualmente medio acéfala y a cargo de un arquitecto de apellido Balandrano, quien sin reparo emitió una licencia de un sitio que palmariamente desconoce él o su equipo. ¿Qué autorizaron? Al parecer eso no lo supieron desde los escritorios remotos en la calle de Correo Mayor pues lo que se autorizó allá consiste en la consolidación de los entre ejes de la nave del templo de Santa Mónica por medio de unos tirantes anclados en los contrafuertes de mampostería que cruzan la nave del templo en puntos inadecuados. ¿Para qué los tirantes, qué tienen que ver con la liberación? En principio no tienen nada que ver, pero cuando se desconoce cómo funcionan los edificios antiguos o de plano se pasa por alto la investigación histórica y de diversas fuentes en forma exhaustiva, se suelen cometer tropelías de gran calado como la que ahora relato.

En la medida que no se hizo un trabajo de investigación serio, ni siquiera mediano, como el que exigen las normas de este tipo de proyectos, se cae en decisiones muchas veces contraproducentes. Supone el proyecto aprobado por la CNMH, que los tirantes sirven para consolidar los muros longitudinales del templo porque "creen" que los contramuros colocados evidentemente en fecha posterior a la construcción del templo y que "obligaron" a cubrir los elaborados trabajos decorativos en piedra de las fachadas canceladas, pueden estar en riesgo de ceder ante el empuje de las bóvedas, acción que también suponen sin ninguna evidencia científica: ningún sondeo o levantamiento de un sistema fisurativo acompañó al proyecto, por lo menos el que fue llevado al Centro INAH Jalisco luego de que el ayuntamiento de Guadalajara solicitara el visto bueno o el trámite local con la dependencia federal. El proyecto presentado estaba repleto de fallas, carente de planos por lo menos bien elaborados técnicamente, sin un análisis histórico del inmueble y mucho menos presentaba un estudio estructural que daría origen, como cualquiera sabe, a una determinación técnica específica, como la determinación de colocar tensores como los que desde el siglo XIX se colocan en muchos edificios con el objeto de consolidarlos.

El resultado que lamentamos no es el hecho mismo de la liberación de los contramuros, su retiro, sino que dicha operación se acompañó de decisiones que si bien son reversibles, los daños que implican van más allá de lo deseable por razones que pudieron evitarse; la liberación por su parte implica también efecto nocivos a la materia constructiva de las fachadas liberadas: el efecto del cambio de condiciones de estabilidad de los materiales (antes ocultos y protegidos de la intemperie), que provocará por seguro daños, éstos sí irreversibles, para las nuevas fachadas y que no pueden siquiera precisarse sus efectos.

Nuevamente estamos ante la arbitrariedad como principio; ante la prepotencia como norma; ante la ejecución de obras sin seguir los cauces ya no sólo legales, sino los normativos y los que atienden a la mejor conservación del patrimonio cultural edificado. Los resultados son estos; los efectos no los sabemos por ahora, pero hay una larga experiencia en la materia a nivel mundial que indica que los cambios en el equilibrio de materiales pétreos son muy dañinos y en caso de tener que hacerse debe ser paulatina la modificación de sus condiciones térmicas, de humedad, de aereación y de asoleamiento. El patrimonio no es una moda o un espectáculo, es un valor precioso cuyo cuidado no puede hacerse a la ligera, como se hicieron estas torpezas en el templo de Santa Mónica, en Guadalajara, México.
Una de las fachadas liberadas

Las placas de acero en contrafuertes y en amarillo los contramuros liberados.

jueves, 3 de enero de 2013

Recuento de 2012

El año se acaba de ir con una serie de recuerdos, de memorias bellas y de memorias de lucha, de frustración, de esperanza también. El clima de fin de año, que arrastra la Navidad con todos sus cuadros cursis y demás sensiblerías, es propicio para ponerse dramático, elocuente, enjundioso, pródigo en deseos de bien y felicidad para todos los amigos, conocidos y a quienes amamos y pensamos, estén con nosotros o se hayan ido ya por delante. No deja de ser interesante como ritual cíclico que invita a reflexionar sobre algunos temas, propuestas, deseos, proyectos o realidades que vivimos.

No es esta la excepción.

La política mexicana, más aún, la realidad del país, es cada vez más grave en términos del grado de satisfacción de las necesidades más apremiantes. La pregunta sería: ¿qué queremos realmente hacer de este país llamado México? Creo, con temor a no equivocarme, que la sociedad mexicana de fines del siglo XX y toda esta segunda década del XXI, está moldeada para ser subalterna, para ser sólo expectante, víctima de la realidad que se cocina en otras partes pero que la afecta directamente. La ideología del mexicano ha sido sometida a expectativas lejanas, a fantasmas inexistentes, a realidades improbables. Vivimos nuestra realidad enfrentados al puñetazo de otra realidad que no nos gusta y que difícilmente podemos superar. Son demasiadas las disfunciones como para superarlas en unos años, en décadas quizás: el medio ambiente en proceso acelerado de destrucción, el patrimonio cultural en estado de abandono y pérdida constate e imparable, por hablar de los temas que en lo personal me duelen; y luego la política nacional, el estado mexicano destrozado, y todo lo que deriva de ello: la injusticia, los bajos salarios, la educación perdida cada vez en debates estériles e ineficaces... Un desastre nacional que tardará décadas en recuperarse porque no somos capaces de ver una realidad que nos golpea y la ceguera viene de esa ideología que refería antes.

Parecería suficiente citar esto para declararme el pesimista del año, ¡del siglo!

Justo esto es lo que quienes tenemos esperanzas pensamos sobre nuestra realidad. ¿Qué piensan quienes están en el poder ahora, quienes pueden tomar decisiones e influyen en el rumbo de las cosas? Me temo que sólo piensan en ellos mismos... tal vez dos o menos, no lo hagan.

Pero al menos tenemos razones para seguir dando guerra en estas condiciones o en cualquiera que se interponga. Hay los hijos, los nietos, los niños, los jóvenes... hay el arte y la belleza de la naturaleza aún no destrozada, hay la idea de poder cambiar muchas cosas, escribir otras, conocer más, hay por lo menos una necesidad de buscar y la curiosidad de saber. Espero que esas cosas no me superen, porque en caso que me superaran, sería porque la vida se me haya acabado.


A todos los que han escrito o han hecho comentarios en este blog, a mis amigos y a mi familia, a los conocidos, a todos, les deseo un buen año de lucha y de seguir creciendo en la vida. ¡Abrazo a todos!

miércoles, 17 de octubre de 2012

Guadalajara no ha visto aún la presencia de la arquitectura del siglo XXI. Al igual que, como ejercicio académico o teórico, me ocupaba en los años 70 por tratar de identificar las diferencias formales o constructivas entre la arquitectura del siglo XIX con la del XX (en realidad un problema falso), dados los requerimientos de la Ley de Monumentos para proteger a la arquitectura del primero, hoy en día el asunto se antoja más grave porque ante la sociedad de la información que se vive hoy y ante los avances en materia de construcción, en donde cualquier material o cualquier tipo de innovación puede ser introducida de forma mucho más ágil que, digamos, el cemento o el acero y el uso de ambos tipos de materiales constructivos, aún en el inicio de la segunda década del siglo XXI (¡ya estamos en la segunda década!), aún no hace acto de presencia algo similar a lo que la arquitectura funcionalista o por lo menos la arquitectura moderna hizo en México en el siglo pasado.


No se trata de identificar qué es lo que realmente pueda se llamada arquitectura del siglo XXI, en realidad no existe aún ninguna identidad plena que pueda serlo (la taxonomía o el nombre de una corriente arquitectónica no ha sido aún definido con claridad), sino de que en el país la arquitectura también sufre de la crisis generalizada del modelo capitalista que vivimos. Los últimos sexenios, los dos primeros del siglo XXI, han estado marcados por la incapacidad y la violencia, la ausencia de políticas culturales, la mediocridad en el manejo de las finanzas públicas y en general de la educación, sin mencionar todos los otros factores que un estado sometido no puede impulsar ni siquiera mínimamente. No sé si el Museo Soumaya o la Estela del Bicentenario (en realidad llamada popularmente la Estela de la Corrupción por evidentes y poderosos motivos), puedan llamarse a ser considerados dos ejemplos de la arquitectura del siglo XXI en México; el tiempo lo dirá. Pero de lo que sí estoy completamente seguro, es que en Guadalajara aún no se tiene ningún ejemplo de lo que con mínima claridad pueda ser llamada arquitectura del siglo XXI. 
Es evidente que ninguna de las imágenes que acompañan esta entrada, pueden siquiera representar, ni por asomo, a la arquitectura del siglo XXI; no obstante, todas exhiben la miseria de la arquitectura tapatía actual. 

Por supuesto que la ciudad no pinta para mejor. Es una tristeza ver cómo la planeación urbana local ha dado pasos en reversa o, por lo menos, ha estado estancada como pocas ciudades del país. Lo que en un momento de la segunda mitad del siglo XX fue una promisoria ciudad, hoy no es ya ni la sombra comparada con otras ciudades mexicanas. La corrupción aunada a la privatización como bandera de todo, están llevando a Guadalajara a la peor crisis urbana de la que se tenga memoria, pues ni siquiera durante las explosiones del 22 e Abril de 1992 ni en los puntos más críticos de la infraestructura vial o urbana se había vivido un grado de deterioro tan evidente como el actual. Más aún, con las amenazas de la construcción de una mal planteada (¡en el centro histórico!), ciudad digital creativa (lo que ello quiera decir), bajo criterios carentes de brújula o sentido común, y con el mega fraude de la llamada Puerta Guadalajara en el norte de la ciudad, las perspectivas al futuro suenan más bien como un inminente estancamiento de una ciudad que a golpes de especulación y malos manejos del gobierno, ha caído en niveles nunca antes vistos. 

Yo, la mera verdad, espero equivocarme ampliamente.

jueves, 3 de mayo de 2012

Una ciudad sin autoridades

Hace exactamente dos días este blog abordó el tema de la destrucción de La Primavera y del patrimonio arquitectónico de Guadalajara (y de paso, agrego, de casi todo Jalisco, lenta pero inexorablemente), donde señalaba que la autoridad no actuaba y que el tema de la conservación no puede hacerse desde la ausencia de ética profesional y política. Ya sabemos que hay algunos, que no faltan, que se mueven entre esos dos fuegos, que batean doble.

De manera que para darnos gusto en el razonamiento, justo para ilustrar la idea de que la corrupción es infaltable en estas tierras y que en la ciudad el desarrollo urbano se mueve a ritmo de cabaret barato, vaya aquí que otra vez le surten en plena boca al patrimonio del siglo XX de Guadalajara.

Hasta hace poco más de un año, en esa finca de la calle Lerdo de Tejada 2076, funcionaba la Escuela Superior de Arquitectura, institución privada de noble carácter en la enseñanza personalizada de la arquitectura y que ha sido un magnífico ejemplo académico de cómo formar nuevos profesionales de la arquitectura bajo esquemas responsables y éticos. En esa vieja casona de la época funcionalista de la arquitectura local, se formaron durante algunos años futuros arquitectos pero luego hubieron de cambiar su sede a otra casona en la Avenida Libertad, donde actualmente funciona. El abandono de la finca sin la Escuela se hizo presente y, en una ciudad civilizada, cualquiera imaginaría que otro uso digno habría de tener el inmueble, con adaptaciones lógicas, para seguir formando parte de esos testimonios que la ciudad de esa época señala como los más prósperos de Guadalajara. ¡Pues no!
La finca demolida desde atrás, queriendo ocultar lo evidente
El día de hoy Óscar Núñez, amigo, profesor de esa escuela y arquitecto inoculado de las lides conservacionistas (que no conservadoras, aclaro), nos hizo llegar por medio de su cuenta de Facebook la fotografía que daba claro testimonio de su destrucción y de su inminente transformación. Se dice que tiene licencia. ¡Tiene licencia la destrucción! Se dice que habrá una torre de varios pisos ahí, se dice que serán oficinas, se dice, se dice... ¿y la autoridad municipal qué nos dice a nosotros los ciudadanos?
¡Nada!
Lo grave de ese problema es que a pesar de existir reglamentos relativos a la conservación del patrimonio como el llamado del Centro Histórico y Barrios Tradicionales de Guadalajara, aprobado por el ayuntamiento a mediados de los años 90, el ayuntamiento ¡no sabe nada al respecto! Es decir,¡no cumple con sus propios reglamentos! Encima de ello, se informaba por la mañana que la Secretaría de Cultura dio luz verde al proyecto de destrucción y deformación y a la construcción de una torre de varios pisos en ella, contradiciendo los planes parciales de desarrollo urbano vigentes, pero sobre todo, escupiendo hacia arriba... pero poco les importa ahí, donde el titular gana lo mismo que un senador.
Muy grave.
Grave porque se pone en evidencia la doble cara con la que se desempeñan y sobre todo que se basan en antecedentes lamentables de deformación del patrimonio como lo fueron las casas del insigne arquitecto ingeniero Pedro Castellanos Lambley en la calle Pedro Moreno y Marsella, no destruidas pero sí deformadas a principios de los años 90 con un edificio de varios pisos encima; un proyecto hipócrita con el patrimonio pero que, en el país de las maravillas kafkianas hasta premio local recibió. 
Premio local y quizás reconocimiento como el que irá a obtener en pocos años la obra de deformación de la casa Gleason, de semejantes alcances a la anterior y como el que obtendrá esta y otras obras de deformación y destrucción más que son signos claros de la incompetencia y la estulticia más pura de esta región del país.
Pero no nos equivoquemos, estulticia de las autoridades, no de los ciudadanos que aún creen que puede hacerse mucho para, al menos, tener una ciudad un poco más digna de la que pretenden que sea la de los voraces "desarrolladores" de la ciudad.


martes, 1 de mayo de 2012

Destruir la ciudadanía, acto de gobierno

El 21 de abril se incendió el bosque de La Primavera. Pero esta desgracia que dio cuenta de alrededor de 7 mil hectáreas en casi cinco días, no fue la única de este mes que resulta ser fatal para Guadalajara y su zona metropolitana ahora que se cumplen 20 años de la explosión del colector bajo el barrio de Analco que destruyó y mató a mucha gente y que aún hoy, no hay culpables. Fue también la destrucción de dos inmuebles patrimoniales del siglo XX con toda la sospecha que debe haber, porque no es entendible que en una ciudad "moderna" un particular actúe a la luz del día en demoler edificios sin contar con una licencia y, más aún, sin ninguna limitante y como si nada. Cualquiera con ese arrojo y despliegue de recursos (camiones de material, operarios, herramientas, personal directivo), lo hace a sabiendas que el factor sorpresa para aquellos que se opusieran al acto lesivo obra a su favor, pero también que la impunidad lo cobija, que probablemente nadie lo irá a molestar y que a cambio tal vez de algunas incomodidades, al final logrará su avieso propósito.
Nubes de humo sobre la ciudad


No estamos hoy como lo estábamos en los años 70 u 80. Quizás estamos peor.
Antes se actuaba con el respaldo de algún funcionario de medio pelo (como ahora seguramente) del ayuntamiento o de la oficina de obras públicas, pero había otras condiciones, al menos había cierta vergüenza por los hechos cometidos y algunas veces hasta cortaban cabezas. Hoy no. Hoy se actúa con esa actitud de soberbia y de falsa ignorancia porque por lo regular la gente sabe (y está cansada ya de tanto blof), que al fin y al cabo en México si alguien cuenta con dinero para corromper, las cosas más imposibles o ilegales se pueden hacer.
Así que muchos ciudadanos indolentes suelen ver esos actos, como tantos otros contrarios al derecho y al buen vivir urbano, como algo "normal". Antes también pasaba, pero era un tanto bajo cierta pena por los actos ilegales cometidos y no se exhibía lo antisocial como una actitud plausible. Hoy sí, aunque no siempre en forma tan campante.
Finca del siglo XX en la calle Colonias en demolición
Uno de esos edificios es de la autoría de Pedro Castellanos, insigne arquitecto ingeniero que contribuyó en mucho a una forma de hacer arquitectura de una gran decencia formal y humana como pocos en Guadalajara. Sus formas son de gran sencillez y limpieza, de notable gracia con los elementos tradicionales y con su reelaboración formal a partir de la creatividad.
Sin embargo, insensibles ante esas obras, los destructores actúan como si nada, como si destruir aquello no importara nada porque se atienen al principio que permea en casi todos los mexicanos hoy: lo más importante es la propiedad y el deseo de activar la economía cueste lo que cueste.
Actuación ilegal de los notarios de Jalisco, en calle J.G. Zuno
Otro de los inmuebles destruidos un mes antes fue una finca protegida que en algún momento fue despacho de notarios, si no mal recuerdo del mismo Guillermo Cosío Vidaurri, y actual propiedad del Colegio de Notarios. Sí, esos mismos señores que se encargan de dar fe de los actos ciudadanos y de procurar la legalidad y el acato de las leyes del país en materia de propiedad y de actos civiles de relevancia. Los mismos que deben saber a ciencia jurídica cierta que demoler no es un acto salvaje de decisión autónoma personal, sino que se rige por leyes y reglamentos y que demoler un inmueble requiere siempre de una licencia y es un acto también jurídico. Pues no, ellos dieron muestra de cómo deben actuar los ciudadanos: le muestran el camino a otros para cometer actos ilegales. ¿Sería este ejemplo el que tomaron los demoledores de la finca en la calle Colonias y otro más en la misma calle José Guadalupe Zuno?

La propiedad privada es un derecho que se tiene pero que está regulada socialmente. Es decir, se tienen limitaciones como en toda sociedad organizada; se establecen reglamentos, leyes que permitan el disfrute de esos bienes, pero también que no afecten el derecho de terceros, de la ciudad, de la vida en sociedad de la que gozan las propiedades, en este caso dentro de zonas urbanas; es decir, pobladas por muchos ciudadanos que se verían afectados por actos que destruyeran la identidad, la belleza, la armonía de ese conjunto social material.

Ante todo esto, no ha sido el gobierno municipal el que ha enfrentado los actos ilegales de destrucción. ¡Han sido los ciudadanos! Y eso, definitivamente, habla de una ciudadanía mejor informada y más preocupada por gobernar la ciudad que el propio gobierno, solazado en recibir mordidas y sobornos para dejar hacer lo que las leyes, que tienen el encargo de vigilar, señalan. Los ciudadanos están por encima de las "autoridades", luego entonces el gobierno municipal no sirve, no atiende, es omiso y por tanto debería de renunciar, de ser reconvenido y castigado por la ciudadanía.

Pero la reflexión final no se limita a esto. Sin duda el camino tomado por los gobiernos con ideologías de liberalización, de desregulación, de abrirse para que "todo suceda", son los más destructivos para la sociedad humana. No podemos permitir que esa forma de pensar neoliberal, antisocial, esté a cargo de las ciudades ni del patrimonio: no saben responder a otra cosa que a sus propios intereses personales y a dejar hacer para cumplir con su lema oscuro que tratan de disfrazar de moderno. Ese es, sin duda, el enemigo del patrimonio urbano y a ése hay que destruir en realidad.

martes, 6 de marzo de 2012

30 años de la Plaza tapatía

Treinta años de la Plaza tapatía
Una crónica obligada

Este año se cumplió un aniversario más de una de las obras más destructivas del tejido urbano histórico de Guadalajara, Jalisco. No puede perderse de vista que Guadalajara, desde inicios de la segunda mitad del siglo XX había iniciado un proceso de destrucción de proporciones desmesuradas conducido por un personaje que, conforme pasa el tiempo, se redimensionan sus carencias y sus torpezas, sus visiones desfiguradas y su verdadera carencia de estatura: Ignacio Díaz Morales.

Bien es cierto que este personaje tuvo acciones relevantes en su vida y no podemos dejar de reconocer algunas lo pueden salvar del escarnio total. Sin embargo, la verdad es que el peso de sus errores es siempre mayor por las secuelas negativas que ha dejado. Quizás no fuera esa su intención, pero lo cierto es que legó un largo cúmulo de agravios y afectaciones culturales y urbanas. Recuerdo muy bien a un loco personaje tapatío, Gabriel Camarena y Gutiérrez de Laris, detractor de Díaz Morales hasta el cansancio, quien en su pasión por la historia denostaba al autor de la llamada Cruz de Plazas, de la Crucifixión de Guadalajara (como atinadamente llamó Salvador Díaz Berrio a la apertura de las avenidas Juárez y Alcalde-16 de Septiembre), y una lista no poco estrecha de obras urbanas y arquitectónicas de efectos negativos para el patrimonio. Gabriel Camarena dejó claro que su pasión visceral contra Díaz Morales tenía fundadas razones, en tanto que casi todas las obras de este arquitecto dejaron secuelas perniciosas e irreversibles en el urbanismo y la arquitectura locales. Yo opino casi lo mismo y vamos a explicar por qué.

Si bien no puede culparse directamente a Díaz Morales de la autoría de la Plaza tapatía (utilizo el gentilicio con minúsculas a propósito), no cabe duda que fue su magna obra urbana llamada Cruz de Plazas el antecedente inmediato; sin embargo fue él quien llegó a imaginar en su mente afiebrada de destrucción urbana (que por supuesto él creía correcta, basado en el principio de su sabiduría espontánea), lo que en su momento llamó la Gran Plaza, que uniría (sic) al majestuoso Hospicio Cabañas con el no menos extraordinario Teatro Degollado. Claro que el discurso estaba acompañado de "ese gran amor que siento por mi ciudad, Guadalajara" y otras aviesas frases del momento. Esta idea por supuesto que llevaba implícitas ganancias para él, pero que las circunstancias políticas no se lo facilitaron del todo... de momento.

La Plaza de Toros demolida


Fue durante el sexenio del gobernador Flavio Romero de Velasco cuando a algún cachorro de la Revolución, arquitecto para variar, se le ocurrió que la idea incubada por quien fuera su maestro podría redundar en pingües beneficios económicos para él y para sus allegados. Hijo del ex gobernador de Jalisco, Juan Gil Preciado, Gil Elizondo fue secretario de Desarrollo Urbano durante el mandato de Romero de Velasco, secretaría llamada entonces Dirección General de Obras Públicas del Estado de Jalisco y durante su administración se gestó lo que sería un gran negocio orquestado a partir de buenas relaciones a nivel estatal y federal que abrieron el camino para poder ejecutar la obra de proporciones megaurbanas. Desde luego que contó con apoyos de las altas esferas del estado mexicano, desde el presidente López Portillo hasta el secretario de Educación Pública, Fernando Solana Morales, quien instruyó al Director General del INAH, Gastón García Cantú, para que simplemente "dejara pasar" el asunto sin que nada ocurriera.
En el INAH en Jalisco, su entonces director Gonzalo Villa Chávez, llevó el proyecto que se pretendía hacer a García Cantú para señalarle lo improcedente del caso, de sus consecuencias para el patrimonio. El director general del INAH simplemente nos dijo: "-¿Ya se iniciaron las demoliciones? -No, profesor, pero todo lo que está ahí de valor histórico se demolerá en breve. -¡Pues no podemos hacer nada hasta que comiencen las demoliciones!". Y así, encerrado en su clásica actitud, don Gastón no dio más respuesta ni apoyo. Las protestas sociales fueron amplias aunque poco conocidas; los periódicos locales de la época poca cuenta dan de ello, sobre todo porque en esos años no daban voz a la disidencia. Sin embargo, algunos aparecieron denostando las obras, por lo menos uno de quien esto escribe, aparecido en Uno mas Uno, de la Ciudad de México, en mayo de 1980.

Claro, en esos momentos México descubrió que tenía más petróleo que el esperado, que había una jauja tal que incluso el presidente de la república nos pidió que nos "acostumbráramos a administrar la riqueza". Así que los recursos no mermaron ni hubo que enfrentar limitaciones presupuestales. No obstante poco después la realidad nos alcanzaría con una devaluación monetaria impresionante. Lógicamente la obra iniciada sufriría las consecuencias, no así por supuesto, las ganancias de quienes en eso estaban.

Lo demás fue historia. Al inicio de las demoliciones se volvió a intentar detener, pero ya había "anuencia superior", negociación en lo oscurito, para que la masacre comenzara. El silencio del INAH se negoció también con algunas migajas como fue en su momento la dadivosa edición de la Historia de Jalisco, obra en varios tomos de muchos conocida. Otra negociación se abrió para conservar algunos inmuebles relevantes de la zona, que no eran pocos; una vez seleccionados dichos edificios y para evitar que saltara la liebre, se le ofreció la ejecución de proyectos de conservación de algunos de ellos al entonces presidente del ICOMOS mexicano, Carlos Flores Marini. Sin embargo, poco después reinó un silencio en ICOMOS: el proyecto de "restauración" del Hospicio Cabañas, fue encargado a Flores Marini y... ¿los monumentos por conservar?... ups! se le pasó la mano al demoledor... La Universidad de Guadalajara, por su parte, negociaba con el gobierno del estado, la demolición de la Escuela de Música que finalmente ocurrió, sin que nadie dijera nada, excepto, claro, algunas organizaciones sociales y académicas marginales.


Las obras no se detuvieron con la crisis, pero debieron limitar sus alcances sobre todo en materia de economía de materiales, proyectos y otras cosas consideradas menores, pero que hicieron posible que se levantaran cajones mediocres y sandeces arquitectónicas de proporciones inauditas. Se levantaron pisos y se envolvieron en fachadas inventadas sobre las rodillas del constructor con imágenes pavorosas de un estilo filo musilinianas, neo hitlerianas y de estilos de la especie. Posteriormente, luego del sismo del 85, hubo necesidad de reforzar todas las delgadas columnas de los flamantes edificios (recuérdese la economía de materiales), para atender una imperativo normativo de esos años. Hasta pretendieron inventar el hilo negro de la estética más cursi: los llamados en su momento fugaz de vida, arcotoldos. Sí, arcotoldos, que era una receta sacada de la manga para hacer una especie de engendro entre toldo, marquesina y en forma de arco... para variar.

Las protestas y la crítica que se hizo en algún momento, simplemente se dejaron correr, se dispersaron y con un manejo eficaz del poder se fueron diluyendo poco a poco... El daño ya estaba hecho, de un plumazo y con buenas gestiones aquello simplemente se fraguó como si nada. El discurso político del gobernador Romero de Velasco llegó a ser indignante, siguiendo un poco las palabras de Díaz Morales: "El proyecto de la plaza es una mano amiga que se extiende al oriente olvidado de la ciudad..."

Recientemente, con motivo del aniversario 30 de la Plaza, aniversario que podría ser luctuoso en realidad, se ha promovido cierta revisión del tema. Por supuesto que fue una obra muy importante; que fue un hito en la traumática historia del patrimonio local; que transformó la estructura urbana y que significó un golpe identitario para muchos en ella, sobre todo para aquellos sin voz, sin acceso a la réplica: los usuarios de esa zona empobrecida y de trabajadores de la zona del mercado. Todo eso es pertinente analizarlo y tratar de entenderlo. Bajo tal pretexto se llevó a cabo una mesa redonda en el Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana, denominada Plaza Tapatía: 30 años. Perspectivas de ayer y hoy, en donde participaron Mónica del Arenal, José Palacios, José Pliego y Guillermo Gómez Sustaita. Tuve la desgracia de no poder asistir, pero al menos escuché en Señales de Humo de Radio Universidad de Guadalajara, que conduce Alfredo Sánchez, la entrevista a los organizadores. En ella se habló de la necesaria revisión de los temas urbanos que obligadamente genera la Plaza tapatía y de hacerlo en un aniversario redondo. Me dio la impresión de que quien organizaba esa mesa redonda se atenía a la candidez de algunos incautos radioescuchas porque se dijo -poco más o menos- que en aquellos tiempos no había la crítica de hoy, el interés por el patrimonio de la actualidad y que nadie había cuestionado el proyecto. Se decía que la plaza tiene ciertas bondades y que a pesar de todo está ahí.

Por supuesto que está ahí, es innegable; pero tratar de rescatar lo irredento es en verdad una acción temeraria. No encuentro en nada digno del nombre de arquitectura o de acciones urbanas loables lo hecho ahí. Y no lo digo sólo por el innegable disgusto que tengo por esa obra, visceral o razonable, sino porque no he visto a nadie que en su sano juicio pueda hoy, ni por asomo, hacer un recuento positivo de ese hecho. Algunas cosas se han dado necesariamente, como el uso social de los espacios. Pero no se puede negar que lo son luego de muchas décadas de no serlo, de ser una carga social y aportar poco, muy poco a la ciudad y su centro, al que sí deformó con esas hórridas fachadas de la avenida Hidalgo, por citar un caso. La pobreza estética del concepto, de las fachadas de mentiras, la vulgaridad de las escalas de los edificios para su entorno, la dolosa actitud de la distribución de los espacios (reducidos y peligrosos rincones que ni la trama original de la ciudad a la que "modernizaron" tenía), el galimatías denominado "arcotoldo" que acabó en un mal chiste... y un largo etcétera de pifias y malhechuras. Por ningún lado encuentro otra reflexión en la Plaza tapatía que no sea el triste episodio que significa pero peor aún, que hoy, a treinta años de hecha, se desperdicie la oportunidad de señalarla como algo que no se debe volver a repetir en ninguna ciudad y menos en Guadalajara. Pero me temo que no hemos aprendido la lección. En sus inmediaciones se cocina ya otra réplica de tan nefasta historia.

lunes, 30 de enero de 2012

La SOPA y su rechazo

Este blog se torna complicado. Algunas opiniones se iniciarán a partir de ahora a través de cambios que Blogger ha iniciado y que aún cuesta trabajo entender. 
Mientras se inicia como se debe el año, les dejo el adelanto de que el próximo tema a abordar será la ley SOPA y la ACTA, temas de lo más hipócritas que hay por los días que corren.